Circulo de Mujeres Periodistas

Feminiflor: Pionera del periodismo feminista y la literatura boliviana

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Betshabé Salmón Fariñas, Jefa de Redacción, Laura Graciela de la Rosa Torrez, Directora y Nelly López Rosse, Administradora.


Feminiflor constituye un hito en la historia del periodismo y la literatura boliviana, al ser la primera revista literaria concebida, escrita y dirigida íntegramente por mujeres. Nació en mayo de 1921 en el Centro Artístico e Intelectual de Señoritas de Oruro y se publicó de manera mensual durante al menos 27 números, hasta 1924. Esta revista abrió caminos pioneros para la expresión femenina en un contexto en el que las mujeres permanecían relegadas al ámbito doméstico y carecían de autonomía plena, marcando un antes y un después en la visibilidad de sus voces dentro de la esfera cultural y pública del país.

Betsabé Salmón, Laura Graciela de la Rosa Torres y Nelly López dieron vida a una publicación que se convirtió en un espacio de rebeldía y creación femenina. A través de la poesía, el humor y la crítica social, reclamaron la voz de las mujeres y alentaron lazos de sororidad y admiración entre ellas. En sus páginas se discutían temas que iban desde debates culturales y reflexiones feministas hasta la defensa de derechos sociales y la ruptura con los roles tradicionales que la sociedad les imponía. (Fuente: Muy Waso)

Entre 1921 y 1924, Feminiflor publicó al menos 27 números, con tirajes que oscilaron entre 500 y 1.500 ejemplares, consolidándose como un referente del periodismo femenino en Bolivia. En un contexto en el que las mujeres aún carecían de acceso pleno a la educación y a la vida pública, la revista impulsó su participación política, cultural y social, desafiando los patrones de desigualdad y dando voz a un discurso feminista emergente. (Fuente: La Patria)

Feminiflor nació como una columna en el semanario “Germinal” y muy pronto, se transformó en una revista propia gracias al empuje de un grupo de jóvenes intelectuales que no solo escribían, sino que también gestionaban y difundían esta audaz iniciativa cultural.

El Centro Artístico e Intelectual de Señoritas de Oruro fue la cuna de esta voz colectiva que abría camino a los derechos y espacios de las mujeres. Más que una publicación, Feminiflor fue —como señalan diversas investigaciones— un acto político y cultural en sí mismo.

El humor y la poesía fueron herramientas para deconstruir el discurso patriarcal y establecer un espacio sororo, una comunidad feminista que rompió con las limitaciones tradicionales impuestas a las mujeres y sostuvo un diálogo crítico con la sociedad. Feminiflor dio voz a las mujeres para que no solo se dedicaran a la crianza o las labores domésticas, sino que participaran activamente en la construcción del conocimiento y la opinión pública. (Fuente: Efeminista)

El legado de Feminiflor está también en cómo inspiró a otras agrupaciones y publicaciones de mujeres a lo largo del siglo XX en Bolivia, creando un movimiento literario y periodístico feminista que tuvo impacto en la educación y la cultura nacional. Fue la antesala de un auge de publicaciones dirigidas por mujeres que reivindicaban la igualdad de género y el empoderamiento femenino. (Fuente: Comunidad Utama)

Hoy, el Círculo de Mujeres Periodistas de La Paz honra la memoria de estas pioneras que con valentía, creatividad y rigor institucional abrieron brechas fundamentales para el feminismo y el periodismo en Bolivia. Rememorar a Feminiflor es comprender las raíces históricas de nuestra lucha y fortalecer la identidad gremial y feminista que nos une y nos impulsa. (Fuente: YouTube Reportaje Feminiflor)

Es fundamental mantener vivas estas historias mediante la investigación, la documentación y la difusión y seguir creando espacios que reflejen la pluralidad, la diversidad y la fuerza de las voces femeninas en los medios actuales. Feminiflor, con su ejemplo de talento, valentía y creatividad, nos invita a desafiar las estructuras sociales y mediáticas, y a construir un periodismo justo, equitativo y lleno de perspectiva de género. La determinación de aquellas mujeres que, hace más de un siglo, se atrevieron a alzar su voz y crear su propio espacio sigue iluminando e inspirando a cada generación que lucha por denunciar las injusticias y sembrar igualdad.

Este legado sigue vivo cada día en la sororidad que cultivamos y en el empoderamiento que promovemos en nuestra labor periodística. Feminiflor encendió la chispa de un llamado feminista que aún arde con la pasión de quienes defienden los derechos humanos y la justicia social, en cada palabra escrita y en cada espacio conquistado por las mujeres. La memoria de estas pioneras nos inspira a multiplicar voces, visibilizar perspectivas femeninas y fortalecer espacios de formación donde nuevas generaciones encuentren inspiración y herramientas para transformar la realidad mediática y social desde una mirada diversa e inclusiva.

Por último, recordar a Feminiflor es reivindicar que la historia del periodismo femenino en Bolivia es rica, diversa y esencial para comprender nuestra identidad y proyectarnos hacia el futuro. Con profunda gratitud y respeto, honramos a nuestras antecesoras, guardianas de la palabra y pioneras de la igualdad, sobre cuyos hombros caminamos hoy y cuyo legado nos guía de manera constante en la construcción de un periodismo feminista, plural y justo.

Como homenaje, se incluirá el prólogo escrito por Ana María Romero de Campero —fundadora del Círculo de Mujeres Periodistas— en la edición facsimilar de Feminiflor publicada por el CIDEM en 1987 en su versión facsimilar Este prólogo no solo enmarca el significado de Feminiflor en la historia del periodismo boliviano, sino que también ofrece una reflexión profunda sobre la importancia de preservar y difundir la memoria de las mujeres que hicieron posible que sus voces se escucharan en una época marcada por el silencio y la exclusión.

Un hito en el periodismo de Bolivia, compilado por Luis Ramiro Beltran Ana María Romero de Campero escribía:

Apresada en la telaraña de una sociedad que aplicó el pongueaje sin remordimiento de conciencia, la mujer boliviana vivió́ durante largo tiempo limitada en su desarrollo humano por prejuicios culturales que la inmovilizaron asignándole un papel secundario y decorativo. Para llegar donde hoy se encuentra, consciente de toda su potencialidad pero todavía limitada en su acceso a los mecanismos de decisión tuvo que recorrer un largo camino.

Varias heroínas anónimas y otras cuya actuación va rescatando la historia, nos muestran que los derechos que hoy ejerce la mujer boliviana son el fruto de un accidentado proceso. Fue un puñado disperso de visionarias el que se decidió́ a enfrentar no sólo a un entorno que las tenía inmovilizadas en el pedestal de un ideal femenino nutrido de sedas y suspiros, sino al conformismo de muchas de sus congéneres a quienes no les interesaba ni les interesa el cambio.

Mostrar que la inteligencia de la mujer no dependía del tamaño de sus cabellos fue una tarea titánica. Significó nada menos que cambiar la mentalidad de más de la mitad de la población boliviana. Las primeras escaramuzas se libraron con más astucia que agresividad, pero no por eso fueron menos osadas. El feminismo como tal se declaró cuando el terreno estuvo suficientemente abonado.

Ese es el caso de aquel grupo de Jóvenes de apariencia frágil e inofensiva que el año 1921 se decidió a publicar Feminflor. la primera revista hecha totalmente por mujeres. Esta voz que resonó durante tres años contó como desprevenidos aliados a los propios hombres que la sirvieron como canillitas.

El episodio sobre el que me ocupa este libro nos muestra que la mujer boliviana no rompió sus cadenas de golpe sirio que las estuvo limando durante muchos años hasta lograr que cedieran los primeros eslabones. Aun pro sigue en la faena.

Con pocas excepciones, como la de Adela Zamudio, la mujer conquistó su espacio colándose por las rendijas del sistema patriarcal. Cedió oportunidades valiosas porque su capacidad de amor pudo más que su ambición. No hay otra razón mejor para justificarla ni para describir al feminismo latinoamericano que no se imagina al margen de un proceso social mayor que tenga como eje la pareja y como meta la justicia para todos.

El mérito de este libro reside ahí En su intento por aproximarse a una época y rescatar uno de los hitos pre- cursores de ese proceso protagonizado en la década del veinte por tres estudiantes de secundaria en la ciudad de Oruro. Los ensayos y crónicas que lo componen nos re- velan un tiempo pleno de cambios y de inquietud social en el que florecen personajes excepcionales por su humanidad como Betshabé Salmon, Laura de la Rosa, Nelly López Rosse y otras mujeres de esa generación.

Por contrario de lo que afirmaban entonces dos eminentes escritores bolivianos como Alcides Arguedas y Carlos Medinacelli -en la glosa que se hace de ellos- comprobamos que en estas y otras jóvenes de la época bullían iniciativas que excedían el estrecho marco de acción que la sociedad de entonces les había asignado.

En el testimonio de doña Betshabé Salmón de Beltrán vemos que incluso en el terreno de la moda -a la que no hay que despreciar tan fácilmente como un signo de cambio- nuestra protagonista decidió desafiar las convenciones de entonces y salir a la calle sin sombrero con el consiguiente soponcio de muchas guardianas de la virtud ajena.

La obra de Feminiflor tiene matices que vistos a la distancia destacan su carácter de avanzada. Sus redactores no sólo inician a la mujer en el oficio de periodista, sino que perfilan a la revista como un adelanto de lo que hoy se conoce como la comunicación alternativa. No hacen una publicación con temas considerados entonces como femeninos sino que, como lo muestra el estudio de Lupe Cajías y se ocupan de la más diversa problemática.

No deja de ser sugestiva, la anotación de Ximena Medinaceli cuando señala que el surgimiento de las revistas femeninas tanto en Oruro, como en la Paz y Cochabamba es un fenómeno que va paralelo al de las publicaciones obreras. Ambas reflejan la insurgencia de nuevos protagonistas en el escenario político boliviano.

La revolución de Montes en la educación, la imprenta populista de Saavedra y los primeros escarceos socialistas de la juventud que siguió a Siles, son el telón de fondo sobre el que discurre la faena del Centro Artístico e Intelectual de Señoritas, ajenas todavía a la tragedia del Chaco que marcaría a toda una generación.

Tiempo de gestación y de dolor. Trincheras que aproximan a los hombres del campo y la ciudad, de Oriente con Occidente. En la retaguardia las mujeres se hermanan en el sufrimiento. Allá germinaron muchas de las ideas, como las del acceso a la universidad y el voto universal que la mujer conquistó años después junto al indio.

Feminiflor: la voz de las mujeres a veinte centavos no pasó en vano. Limó uno de los muchos eslabones que sujetaban a la mujer a moldes arcaicos. Quede este testimonio de la obra de estas primeras periodistas como un ejemplo para otras generaciones.

Las periodistas bolivianas tenemos mucho que aprender de ellas y mucho que agradecerles. Aquí es preciso decir que Betshabé Salmón de Beltrán, dona Bechita, no sólo nos ha dado un testimonio ejemplar de su pasado sino de su presente. Ella se prolonga en ese gran maestro que es Luis Ramiro Beltrán, considerado como un patrimonio de la comunicación social no sólo nacional sino latino- americana.

Con el mismo signo precursor heredado de su progenitora, Luis Ramiro Beltrán, enriquece hoy todo un proceso de búsqueda de nuevas dimensiones para la comunicación. Su lucha infatigable por un nuevo orden internacional para la información tiene una veta que será fácilmente reconocible al leer el libro.

Ana María Romero de Campero.

Bibliografía:

Redacción de Feminiflor